Tenis para ciegos: un deporte que incluye e integra

By Familia Cooperativa Agosto 20, 2026 4 0
Desde 2015, la agrupación Las Águilas desarrolla en Bahía Blanca y la zona una disciplina que combina concentración, memoria espacial y oído. La pelota sonora, los piques permitidos y las líneas en relieve transforman la cancha de tenis para que personas ciegas o con disminución visual puedan competir. Entre sus integrantes está Gabriel Caparrós, campeón mundial de la categoría B1.


En una cancha de tenis en silencio, una pelota puede contar mucho más de lo que parece. El sonido del golpe, la intensidad con la que sale, el pique y hasta el roce de las cuerdas con la pelota pueden convertirse en información suficiente para anticipar una jugada. Para quienes practican tenis para ciegos y disminuidos visuales, escuchar también es jugar.
En Bahía Blanca, el blind tennis, como se denomina esta disciplina, se practica desde 2015 de la mano de Las Águilas, una agrupación que fue pionera en su desarrollo y que hoy reúne a jugadores ciegos y con distintos grados de disminución visual. La ciudad fue, de hecho, la segunda del país en incorporar la actividad después de Buenos Aires
“Acá es todo a pulmón”, cuentan quienes forman parte del grupo. Y esa frase resume buena parte de la realidad de una disciplina que creció en los últimos años, consiguió presencia en competencias nacionales e internacionales.
La modalidad nació en Japón en 1984, cuando Miyoshi Takei, un joven ciego de 16 años, comenzó junto a su profesor de Educación Física a buscar una manera de jugar al tenis. Después de diferentes pruebas desarrollaron una pelota sonora, que permitió convertir el deporte en una posibilidad concreta para personas imposibilitadas de ver.
La pelota utilizada actualmente es de goma espuma, tiene unos 9 centímetros de diámetro y contiene en su interior una pequeña pelota de tenis de mesa con municiones que generan el sonido. Los niveles se establecen según los distintos grados de disminución visual y, de tal manera, en la categoría B1 se utiliza una pelota amarilla, mientras que para B2 y B3 se usa una de color negro.
Las reglas conservan buena parte de la estructura del tenis convencional. El puntaje es el mismo y los partidos se disputan al mejor de seis juegos, con una diferencia mínima de dos. La gran diferencia está en la cantidad de veces que puede picar la pelota: en B1 y B2 puede hacerlo hasta tres veces, mientras que en B3 son dos.
La cancha también cambia. Para B1 tiene 12,80 metros de largo por 6,10 de ancho, con una red de 83 centímetros. Las líneas perimetrales están marcadas con una soga especial de unos 3 milímetros de espesor, fijada al piso con cinta. El relieve permite a los jugadores orientarse y reconocer los límites del terreno.
Sin embargo, no hay una marca que permita saber dónde está la red. Por eso, cada jugador desarrolla sus propias referencias para orientarse. En el caso de Gabriel Morán, la experiencia del fútbol para ciegos le sirvió para incorporar una estrategia: “Cuento cuántos pasos hay desde la línea de fondo a la red”, dice.
Morán dejó el fútbol en 2019, a los 40 años. “Ya me pasaban como alambre caído”, bromea. Fue entonces cuando Oscar Sánchez, uno de los impulsores de la disciplina en Bahía Blanca, le propuso probar con el tenis.
El deporte no le era ajeno. Seguía los partidos, admiraba a jugadores como Juan Martín del Potro y David Nalbandian y escuchaba los relatos de los grandes encuentros. De todas maneras, jugar al tenis sin poder ver, resultaba muy distinto.
“De pronto me encontré en una exhibición en el Cenard jugando contra un tipo que había ido a un Mundial y me gustó”, recuerda.
Desde entonces intenta adaptar a su juego una disciplina muy diferente del fútbol. “Lo más difícil es mantener la constancia, saber que esto es punto a punto, que tenés que estar lo más sereno posible, hacer movimientos sutiles y no reventarla”, detalla.
El oído adquiere un factor central. En una cancha prácticamente en silencio, el jugador puede seguir la trayectoria de la pelota a través del sonido. Morán asegura que puede escucharla desde que sale de la raqueta hasta que realiza la parábola y vuelve a descender. Incluso el golpe aporta información: la intensidad, la dirección y la manera en que la raqueta impactó pueden anticipar si la pelota llegará corta, larga o abierta.
Esa capacidad también le permitió trasladar su experiencia a otros ámbitos. “Me he dado el lujo de relatar bastante bien para streamings del país pasajes de partidos de esta modalidad de tenis”, asegura.
Las Águilas cuenta actualmente con varios jugadores y tiene representantes ubicados entre los primeros puestos del ránking nacional. Algunos compiten en categorías masculinas y también se trabaja en el crecimiento de la competencia femenina.
Marcelo Corvalán, actual presidente de Las Águilas, también cumple un rol de articulación para facilitar algunas necesidades del grupo. El equipo entrena en la sede del Sindicato del Personal de Industrias Químicas, Petroquímicas y Afines de Bahía Blanca, ubicada en avenida Colón 1.312, aunque aclara que el apoyo de la entidad es independiente de la actividad deportiva. En ese sentido, procura funcionar como nexo para agilizar gestiones, especialmente cuando se trata de traslados y viajes para competir.

Experiencia mundialista

Gabriel Caparrós integra Las Águilas y en 2024 se consagró en Italia campeón mundial de la categoría B1, reservada a personas con ceguera total. Al cierre de esta edición, afrontaba un nuevo desafío en Lituania, donde disputaba otra Copa del Mundo. Actualmente es el número 1 de la Argentina, pero antes de llegar a ese lugar tuvo que aprender, literalmente, a percibir el recorrido de la pelota.
Oriundo de Benito Juárez, siempre estuvo ligado al tenis. Era jugador y coach de alto rendimiento. En 2019, ya recibido como profesor, había decidido cambiar de vida para dedicarse al deporte que lo apasionaba. Pero en 2021, durante la pandemia, una retinopatía diabética le provocó la pérdida de las dos retinas en apenas nueve meses.
“Entre la pandemia y la ceguera estuve casi dos años encerrado en mi casa. El golpe fue duro, porque uno no se imagina vivir sin la vista”, admite.
La desazón lo llevó a guardar las raquetas en un ropero, pensando en que no volvería a utilizarlas. Hasta que una compañera le habló del tenis para ciegos.
“Pensé que era imposible. Si viendo a veces le pegaba de casualidad, ¿qué le voy a pegar sin ver?”, recuerda.
Sin embargo, comenzó a investigar. Se familiarizó con las pelotas que una amiga le trajo desde España, compró una red y comenzó a entrenar en su lugar natal. Así, tras perder la vista en mayo de 2021, comenzó a jugar en marzo de 2023.
Seis meses después viajó a Cracovia para disputar el Mundial. No ganó ningún partido, pero estuvo cerca de conseguirlo en varios. La experiencia le dejó una certeza: había algo que podía hacer.
A partir de entonces entrenó cada vez más. Buscó espacios, profesores y compañeros que lo ayudaran a mejorar. Y empezó a incorporar recursos del tenis convencional al blind tennis, especialmente el saque, una de sus principales armas.
En 2024 viajó a Italia y ganó el Mundial B1. Fue el primer torneo oficial que se adjudicó en su carrera como tenista y, al mismo tiempo, el más importante.
“Yo voy a ser campeón”, le había dicho a su diabetóloga. Necesitaba un objetivo, un propósito que funcionara como hilo conductor después de la pérdida de la visión.
“No me imaginé que iba a ser tan rápido. Pensé que me iba a costar y la verdad es que se me dio todo en un año”, relata.
Pero llegar a competir en el alto nivel también implica resolver una cuestión no menor: cómo financiar los viajes. Pasa-jes, alojamiento y traslados representan un esfuerzo importante para quienes practican una disciplina que todavía no cuenta con los mismos recursos que otros deportes.
Caparrós lo sabe bien. Durante sus primeros viajes recurrió a su familia y también organizó rifas para poder costearlos. El Municipio de Benito Juárez también lo ayudó en algunos momentos mediante becas deportivas.
Aun así, competir implica moverse constantemente y afrontar gastos tanto para viajar al exterior como para participar de torneos dentro del país.
Hoy, además de competir, Caparrós enseña. Tiene una escuela de blind tennis en Tandil, donde desarrolla una metodología propia para ayudar a otros jugadores a percibir la pelota y moverse en la cancha
“Hay chicos que nunca vieron, otros que perdieron la vista y algunos que no partici- paron de clases de Educación Física, porque siempre los tuvieron a un costadito mientras sus compañeros jugaban”, explica.
Por eso no busca imponer una fórmula. Primero determina qué puede hacer cada jugador y, a partir de ahí, trabaja sobre sus virtudes y las dificultades que tenga que superar.
Tomar contacto con la pelota fue, para él, el principal desafío. También lo fue aceptar que la técnica que había utilizado durante años no podía trasladarse directamente al tenis para ciegos.
“Al principio renegué mucho y tardé en poder pegarle a la pelota. Fue muy frustrante para mí”, reconoce.
Ahora intenta que otros tengan un camino un poco más sencillo. El aprendizaje, dice, excede largamente a la cancha. “El tenis te ayuda a aprender a frustrarte y a empezar de nuevo. Es uno de los deportes más completos que hay. Te da una fortaleza mental que después te sirve para la vida”.
Y quizás por eso, cuando habla de su recorrido, no se queda solamente con los títulos. Habla de lo que vino después de perder la vista y de animarse a hacer algo que, al principio, consideraba imposible.


“Vivimos una vida totalmente normal. Simplemente lo hacemos con un recurso menos, que es la vista”, dice.

Y deja una reflexión final: “A veces vamos con miedo, pero vamos. Trato de que el miedo no me detenga y es cuando más me convenzo de que lo tengo que hacer”.

Apoyos

Más detalles sobre Las Águilas y/o cómo ayudar, se brindan en la página de Facebook lasaguilasbb.
Por su parte, Gabriel Caparrós también necesita sponsors para continuar compitiendo. Quienes deseen apoyarlo pueden contactarse a través de su Instagram: @gabocapam.

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Modificado por última vez en Jueves, 20 Agosto 2026 10:06

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