En un mundo que corre a mil por hora y donde las pantallas parecen ganar la pulseada, el acto de abrir la puerta de casa y preparar la mesa se ha vuelto un gesto casi revolucionario.
A veces pensamos que recibir gente es una complicación, que requiere un menú de pasos o una vajilla que no tenemos. Pero como organizadora de eventos, aprendí que lo que realmente atesoramos no es la perfección de la comida, sino la calidez de ese “qué bueno que viniste”. Recibir es, en esencia, decirle al otro: “Hice un lugar para vos en mi mundo”.
El “arte de recibir” no tiene que ver con protocolos rígidos, sino con el amor que le ponemos a los detalles. No hace falta esperar una ocasión especial para usar ese mantel que tanto nos gusta o para poner una plantita del jardín en el centro de la mesa.
Esos pequeños gestos son una forma de decir “te quiero” sin palabras. Constituyen el escenario que predispone el alma para que la charla fluya, para que el celular quede a un lado y para que los sentidos se activen a través de un aroma o una luz suave.
Al final del día, volver a mirarnos a los ojos alrededor de una mesa es lo que nos mantiene unidos como familia y como comunidad. En la sencillez de lo auténtico es donde aparecen las risas más fuertes y los abrazos más sentidos.
Mi propuesta es que recuperemos ese espacio sagrado de reunión; que volvamos a ser anfitriones de nuestra propia felicidad, entendiendo que, más allá de lo que se sirva en el plato, lo que realmente nos alimenta es el encuentro real.
Tips de cercanía para un encuentro inolvidable
La receta con memoria: El mejor halago para un invitado no es un plato exótico, sino decirle: “Hice esto porque me acordé que te gustaba mucho”. Tener presente los gustos (o las restricciones) de quienes recibimos es la forma más alta de cortesía y afecto.
Anfitriones presentes: Elegir un menú que se pueda dejar listo de antemano. Un anfitrión estresado en la cocina no disfruta, y el invitado lo nota. ¡Lo importante es que quien invita también esté en la mesa!
Pequeños invitados, grandes momentos: Para que los más chicos también suelten las pantallas, es recomendable preparar un detalle pensado para ellos: un anotador con lápices, un juego de mesa a mano o un postre que puedan decorar ellos mismos. Si los niños están integrados y entretenidos, la sobremesa de los adultos fluye naturalmente.
El poder de los nombres: Poner un papelito escrito a mano con el nombre de cada uno frente a su plato es un detalle que emociona. Es una forma de decir: “Te estaba esperando, este lugar es exclusivamente para vos”.
Marlene Destree,
Licenciada en Relaciones Públicas, organizadora de eventos y coach.
Número de asociada: 1.526.884
Instagram: @marlenedestree.coach
































