Para la denominada nueva longevidad, la soledad se ha vuelto uno de los grandes problemas a afrontar, en razón de que el aislamiento social y la falta de redes de afecto y contención representan una preocupación importante.
Frente a esta realidad, un novedoso sistema de viviendas colaborativas para envejecer entre amigos gana terreno y se expande en todo el mundo. Asimismo, este concepto de residencia comunitaria conocido como cohousing es defendido por los expertos como una de las formas de promover la salud mental de las personas mayores.
Este tipo de organización de vida originario de Dinamarca nació a principios de los años 70 y se consolidó en los 80, gracias a grupos de adultos mayores que buscaban alternativas a las residencias tradicionales.
El objetivo principal de la nueva tendencia que prioriza la autonomía, la vida social y la autogestión, se centra en combatir el aislamiento mediante el apoyo mutuo, manteniendo la independencia y la privacidad en apartamentos propios, como respuesta directa a la soledad, el encierro y los altos costos de los geriátricos clásicos.
Los residentes, si bien disponen de su casa individual, comparten cocinas grandes, comedores, salas de estar y jardines para comer o realizar actividades en grupo. Además se organizan de forma horizontal mediante asambleas y comisiones para tomar decisiones sobre la convivencia, las tareas a realizar y los gastos comunes.
Por otra parte, los vecinos se cuidan entre sí de manera informal, creando redes de protección que retrasan o evitan la necesidad de asistencia institucional.
El cohousing reconoce el derecho a la vivienda como un bien de uso y no comercial, participando la comunidad de manera activa en todo el diseño de las residencias y el entorno, en tanto que la propiedad global siempre permanece en manos del conjunto de los residentes, constituida como cooperativa.
Sættedammen (muchas veces escrito fonéticamente o pronunciado como Serendam), es la comunidad de cohousing más antigua del mundo. Fue fundada en 1972 al norte de Copenhague, Dinamarca, y nació como una respuesta pionera a la necesidad de equilibrar la vida privada con una fuerte interacción comunitaria y autogestionada.
Reúne un total de 27 casas independientes. Cada vecino o familia cuenta con su vivienda privada para preservar la intimidad, pero comparte áreas comunes de socialización.
Los propios residentes participan de forma activa en el mantenimiento y toma de decisiones, sin depender de servicios externos. Su éxito dio origen al modelo de viviendas colaborativas que hoy en día se replica en todo el mundo.
El lugar ofrece una cocina y un comedor comunitario, un microcine, mesa de billar, sauna y lavandería compartida, espacios que no solo se comparten sino a los que se le da vida entre todos. A lo largo de los años la iniciativa resultó por demás exitosa debido a que cada persona se involucra y respeta los espacios del otro.
Qué pasa en la Argentina
De acuerdo con lo publicado por el medio digital independiente Mirada Argentina, en nuestro país el fenómeno crece de manera despareja pero sostenida.
Erigido en las afueras de Esquel, el emprendimiento Punta Canas comprende catorce viviendas circulares construidas alrededor de un jardín común, sin un escalón en todo el predio, pensadas para que circulen sillas de ruedas y hasta una ambulancia si hace falta.
Más allá de que el proyecto nació en 2015 por iniciativa de un grupo de amigas que decidió no esperar a que la vejez las encontrara solas, en la actualidad casi ninguna de las personas que residen en el lugar son nativas de Esquel, sino provenientes de distintos puntos del país que llegaron atraídos por la idea.
En tanto, en el barrio porteño de Belgrano hay un edificio que alberga la iniciativa Vidalinda, iniciada en 1970 por un grupo de amigos que compró el inmueble con la premisa de vivir ahí hasta el final de sus días y que todavía hoy se junta a discutir gastos comunes, activi- dades y mantenimiento como si se tratara de una asamblea de consorcio.
Siempre apostando al cohousing, en San Antonio de Areco se construye Pueblo Chico, un emprendimiento de dieciocho casas ubicadas en forma de herradura a quince cuadras del centro y en Mendoza, Ananda Green Village ofrece veintidós unidades de una planta para compartir la vejez entre pares en un barrio privado.
Por su parte, Uruguay se posiciona como la gran referencia regional gracias a que el cooperativismo de vivienda tiene tradición y marco legal sólido. En tal sentido, distintos emprendimientos reservados para integrantes de la tercera edad demuestran cómo el modelo avanza con fuerte arraigo institucional, integrando incluso servicios de asistencia para socios en situación de dependencia.
En suelo uruguayo el modelo de cesión de uso es moneda corriente desde hace décadas, y eso explica por qué el cohousing para adultos ma- yores avanza con más raíz institucional que en la Argentina.
Carpe Diem, el caso más citado, está conformado por un grupo de veinte amigas y excompañeras de trabajo, todas mayores de 50 años, que después de casi once años de organización logró comprar un terreno de siete hectáreas cerca del Parque Lecoq, en las afueras de Montevideo.
Las integrantes del emprendimiento no se definen como cooperativa de vivienda sino de cuidados y cohabitación, una distinción legal que les permite integrar servicios de asistencia a medida que sus socias envejecen. El proyecto, según tiene previsto, entrará en etapa de construcción el año venidero.
En Canelones, una locali- dad uruguaya relativamente pequeña, avanza Angirú, también pensada para mayores de 50 años, solas o en pareja, con casas individuales chicas conectadas a un edificio comunal con cocina, comedor y salón multiuso.
En tanto, en Montevideo, la comuna cedió en comodato un inmueble recuperado para que se lleve adelante la iniciativa Mujeres con Historias, la primera vivienda colaborativa feminista para adultas mayores del país vecino, elegida entre 54 propuestas presentadas a un concurso público junto con la Sociedad de Arquitectos.
Según datos aportados por el Instituto Nacional del Cooperativismo uruguayo, de 45 cooperativas de vivienda relevadas, más de la mitad ya integra adultos mayores en situación de dependencia entre sus socios.
En otro orden, se estima que un 24% de la actual población danesa es mayor de 65 años, una franja etaria que en la Argentina también conforma un grupo cada vez más relevante, según información brindada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).
Muchos de estos adultos mayores imaginan de otra manera su propia ancianidad, en razón de que están en plenitud funcional, trabajando, estudiando, decidiendo y mirando el geriátrico tradicional (con horarios fijos, visitas restringidas y lógica de institución) como una opción lejana.
Y si bien las viviendas colaborativas todavía representan una opción incipiente, con pocos casos consolidados y una demanda que crece más rápido que la oferta, los proyectos que ya funcionan tienen ocupación casi plena y se cimentaron en función de gente que decidió organizarse antes de necesitarlo y construir, ladrillo por ladrillo, la vejez que decidió tener.
































