Ana Julia Pereira nació en Bahía Blanca, pero a los 3 años se mudó con su familia a Neuquén. Hoy tiene 39, reside en la localidad de Plottier y es científica, doctora en Biología y una de las pocas entomólogas forenses del país que realiza pericias judiciales. Una referencia en una disciplina todavía poco conocida: el estudio de los insectos para reconstruir crímenes.
Su tarea consiste en analizar el comportamiento de las moscas y el desarrollo de sus larvas sobre los cuerpos para estimar el tiempo transcurrido desde la muerte, una información clave en investigaciones penales complejas.
“La medicina puede calcular la data de muerte, pero con el paso del tiempo y el calor el cuerpo empieza a descomponerse y las estimaciones se vuelven menos precisas. Ahí es cuando entra en juego la entomología”, explica.
Su interés inicial no era esta especialidad sino la ciencia forense, pero enfocada desde el lado de la genética. Fue así que en la secundaria, mientras su padre -Juan Carlos Pereira, médico- se especializaba en medicina legal, Ana hojeaba libros forenses que despertaron su curiosidad y el deseo de colaborar en la identificación de hijos y nietos de personas desaparecidas durante la última dictadura, a través del ADN.
Con esa idea se fue a estudiar Genética a Misiones, aunque la distancia pesó. “Siempre fui muy familiera, muy apegada”, reconoce. Por eso, decidió volver a la Patagonia y se inscribió en la carrera de Biología en San Carlos de Bariloche, con la intención de especializarse en genética forense. Sin embargo, el rumbo cambió cuando conoció la entomología.
“Me fascinó el trabajo con insectos, en el campo, no solo en el laboratorio. Son animales asombrosos”, asegura.
Tras realizar su formación académica, en 2014 regresó a Neuquén y dio el salto decisivo. Allí realizó un posdoctorado y luego ingresó como investigadora en un instituto local, donde creó una línea de investigación inédita en la región: el estudio de moscas de interés forense y su aplicación en pericias judiciales.
“Era la primera vez que se hacía en Neuquén y Río Negro”, señala. Desde entonces, trabaja prácticamente sola en esa línea, aunque dirige becarios y colabora con otros especialistas.
Su madre, la bahiense Sonia Sommer, también hizo su aporte en este camino. A ella siempre le interesaron las ecuaciones y es profesora de Informática, lo que le permitió ayudar a Ana a desarrollar los modelos matemáticos y estadísticos con los que generó las herramientas necesarias para aplicar en las pericias.
Su eje de investigación se centra en conocer qué especies de moscas colonizan los cuerpos en la región, cómo se distribuyen según el ambiente y cómo varían a lo largo del año. Esa información básica, remarca, es indispensable para poder interpretar una escena.
Entre todas las especies se destaca una: Lucilia sericata, conocida como la mosca verde. “Es la más frecuente, tanto geográfica como estacionalmente, y la que más probablemente me encuentre en una pericia”, cuenta.
Ana estudia sus ciclos de vida a distintas temperaturas. Y la clave está en ese detalle: el desarrollo de los insectos depende directamente del ambiente térmico. A mayor temperatura, su metabolismo aumenta y su ciclo de vida se acorta, mientras que a menor temperatura, se alarga.
“Todo el ciclo de vida de la mosca ocurre sobre el cadáver, desde que la persona muere. Si yo sé en qué estadío está el insecto y a qué temperatura estuvo expuesto, puedo estimar el tiempo que comenzó a desarrollarse ahí, y eso se relaciona directamente con la data de la muerte”, detalla.
Las primeras pericias las realizó entre 2016 y 2017, luego de una pasantía en criminalística que la ayudó a vincular el laboratorio con la escena del crimen. Hoy, en Argentina, solo 9 profesionales realizan pericias entomológicas de manera formal.
Aunque todavía no es una disciplina que se solicite de manera automática, afirma que su intervención suele ser decisiva en casos complejos, especialmente cuando el cuerpo está muy descompuesto o cuando otros métodos no logran precisión. “En invierno, por ejemplo, los procesos de descomposición son más lentos y los métodos médicos pueden volverse imprecisos. Ahí la entomología tiene un rol protagónico”, subraya.
Así ocurrió en un femicidio reciente: los médicos estimaban una data de muerte de entre 5 y 10 días, mientras que el análisis de las moscas indicó entre 38 y 40 días. Esa diferencia permitió a los investigadores revisar cámaras y pruebas de un período más amplio, lo que resultó clave para reconstruir el caso.
En otra causa, el estudio de huevos, larvas y hongos permitió inferir que un cuerpo había estado primero a la intemperie, luego en un freezer y después nuevamente expuesto. “De tal manera se pudo reconstruir toda la mecánica del hecho”, resalta.
Para Ana, el mensaje es claro: “La entomología forense muestra la importancia de la ciencia básica y del trabajo interdisciplinario. Nunca trabajamos solos: intervienen médicos, criminalistas... Cada dato suma”.
Nuevas investigaciones
Junto a colegas como la genetista Silvina Sonzogni y la bioquímica Natalia Guiñazú, Ana dio un paso más: comenzó a estudiar la expresión génica de las moscas para determinar su edad con mayor precisión. El trabajo, publicado en revistas científicas, fue pionero en el país y uno de los primeros a nivel mundial.
“En lugar de basarnos solo en parámetros morfológicos como el largo o el peso, empezamos a medir la expresión de genes para inferir la edad del insecto y cuánto tiempo lleva viviendo en ese cuerpo. Esto hace el método más objetivo y preciso”, explica.
En estos avances también es clave Néstor Centeno, referente nacional en entomología forense, quien colabora a la distancia desde Quilmes.
Además de las pericias, Ana continúa investigando pese a las limitaciones presupuestarias. “Muchas de estas investigaciones las sostengo con mi sueldo”, admite. Actualmente trabaja en nuevas curvas de crecimiento de moscas a distintas temperaturas y en un estudio sobre enterramientos, utilizando patas de cerdo como modelo experimental.
“Queremos ver el efecto del enterramiento, si las moscas pueden o no pueden acceder, qué especies son capaces de hacerlo y qué pasa también con otros fenómenos”, resalta.
Por otra parte proyecta investigaciones sobre la detección de tóxicos en larvas, una línea que podría ayudar a esclarecer presuntos suicidios o femicidios, aunque esta experiencia por ahora quedó en pausa por falta de financiamiento.