La atleta argentina Candela Cerrone se quedó con la maratón de Malvinas, disputada el 8 de marzo en Puerto Argentino, y transformó su victoria en algo más que un logro deportivo: un mensaje cargado de sentimientos. “Yo fui con el fin de que se escuche ‘Argentina’”, dijo, tras dedicar su carrera a los caídos en la guerra de 1982.
Radicada desde hace más de dos décadas en Pinamar, Candela tiene 48 años y una vida atravesada por el deporte y la resiliencia. Nació en Berisso, se crió en Mar del Plata y encontró en el atletismo una vocación que la acompaña desde la adolescencia.
“Malvinas no la busqué: me llegó”, asegura. En 2023 atravesaba una recuperación compleja tras una cirugía que puso en riesgo su vida y le impedía correr. En ese contexto conoció a Marcelo De Bernardis, un reservista del Ejército que participaba de una maratón marchando. “Me dijo que la carrera que más le gustaba era la de Malvinas. Me quedé helada, porque no sabía que existía”, recuerda.
La semilla quedó plantada. Al año siguiente volvió a correr, y el impulso definitivo llegó en 2025. “Me dijeron que tenía que ir, que caía el Día Internacional de la Mujer y que tenía que haber una argentina corriendo ahí”, afirma.
El viaje no fue sencillo: el costo y las prioridades familiares (con hijos en edad universitaria y uno en el seleccionado argentino de atletismo) postergaron el sueño. Finalmente, este año logró concretarlo.
“Lo difícil fue correr manejando la emoción”, explica. “No era solo la meta deportiva. Era ganar para que se diga que una argentina había triunfado en nuestro suelo”.
Candela cruzó la meta en primer lugar entre las mujeres empleando 3 horas, 14 minutos y 30 segundos para completar los 42 kilómetros, y en medio del agotamiento gritó dos veces “Argentina”. Ese momento, captado en video por el corredor argentino Maximiliano Tempra, se viralizó días después y tuvo una repercusión inesperada.
“Yo no me acordaba ni de lo que había dicho. Cuando me mostraron el video, no entendí el revuelo. Después me dijeron: ‘Nunca nadie nos lo dedicó a nosotros’”, relató sobre el impacto que tuvo su expresión entre los veteranos de guerra.
La experiencia también estuvo atravesada por situaciones incómodas. Según contó, durante la premiación no se mencionó su nacionalidad ni se realizó un podio tradicional. Tampoco se publicaron sus declaraciones en el medio local Penguin News. Al finalizar la carrera, ante la consulta sobre qué significaba ganar ahí, respondió: “Estoy feliz de haber logrado lo que vine a buscar, que era ganar, pisando mi suelo con mi bandera en el cielo”. Una frase que, recordó, le había dicho su alumno Hernán Silva: “No te pongas mal porque no podés vestir nuestros colores; mirá siempre al cielo y vas a ver que la bandera está”.
En un encuentro posterior, incluso, mantuvo un breve cruce con el gobernador: “Me dijo que era bienvenida a correr, pero no a hacer política. Yo respondí que solo corría maratones”. Aun así, insiste en que volvería: “Todo lo que me aportó Malvinas no me lo dio haber ganado la carrera”.
Una gran repercusión
La repercusión de su historia la sorprendió por la diversidad y la profundidad de los mensajes: desde un nene que le preguntó qué hay que estudiar para recuperar las islas sin una guerra, hasta otro que le hizo una medalla de cerámica porque no le habían dado trofeo. También la contactó un hombre de 82 años, de Tornquist, que está terminando el secundario y decidió profundizar sobre Malvinas para un trabajo práctico. Para ella, ese impacto intergeneracional es lo más valioso, aunque lo vive con cierta incomodidad: insiste en que su logro (correr una maratón para la que se preparó durante meses) es mínimo frente a lo que atravesaron los veteranos y caídos en la guerra.
A ese impacto colectivo se le sumó un proceso íntimo. El viaje le despertó recuerdos que creía borrados, sobre todo el silencio de su primo Marcelo Tórtola, excombatiente de La Plata, con quien creció sin hablar nunca de Malvinas.
Durante años no entendió ese mutismo; en las islas, al recorrer trincheras y posiciones y conocer, a través de un compañero suyo, los detalles de lo que había vivido en el Monte Longdon (donde se desarrolló uno de los combates más crudos y prolongados), pudo dimensionarlo y empezar a respetarlo.
Antes de viajar, él le había escrito que no la acompañaría, pero que “nunca se había ido de Malvinas” y que estaría con ella. Ya en la carrera, asegura, lo sintió presente. A la vuelta, la historia encontró un cierre inesperado: tras un reconocimiento en la filial de veteranos de Gimnasia y Esgrima La Plata, supo que su primo había ido a verla. Ese gesto abrió la puerta a un encuentro largamente postergado: se abrazaron, hablaron y, por primera vez en décadas, él pudo llorar y poner en palabras lo vivido. “Fue sanador para todos”, resume Candela.
Detrás de su reciente logro, hay años de esfuerzo y una historia de salud compleja. Candela padece endometriosis desde los 15 años y atravesó siete cirugías. “Siempre me decían que no iba a poder estudiar, ni correr, ni ser madre. Y todo eso lo fui logrando”, afirma la atleta, que está en pareja con Sebastián Lucero (54), con quien tiene dos hijos: Miranda (20) y Salvador (18).
Su recuperación en 2023 fue crítica: una operación de más de cuatro horas, terapia intensiva y complicaciones severas. “Creo que me salvó haber estado siempre bien físicamente”, sostiene. Y agrega: “Está bueno contarlo porque, a veces, las limitaciones están más en lo que nos dicen o imaginamos que en lo real; muchas veces podemos más de lo que creemos”.
También reivindica su edad como un motor y no como un límite: insiste en que nunca es tarde para proponerse metas, aunque con realismo acerca de lo que se puede alcanzar. Ya no piensa en una cita olímpica, pero sí en seguir compitiendo al máximo nivel posible, meterse entre las mejores del país o pelear su categoría. En Malvinas, asegura, la preparación fue clave para afrontar no solo la exigencia técnica del circuito, sino también el desafío emocional: correr, esta vez, implicó tanto el cuerpo como la cabeza.
Hoy solo siente gratitud. Vive un gran presente a partir de que la repercusión de su gesto en Puerto Argentino derivó en charlas en escuelas, encuentros con vetera- nos y un concepto que adoptó como bandera: “malvinizar”.
“Malvinizar es hablar de Malvinas más allá del 2 de abril”, explica. “Si esto sirvió para que se vuelva a instalar el tema, ya valió la pena”, sostiene.
Por lo pronto Candela sigue entrenando y compitiendo, aunque con nuevos objetivos. “Antes quería correr las grandes maratones del mundo. Ahora me motiva recorrer mi país”, cuenta. Y sobre Malvinas, no duda: “Ojalá cada vez más argentinos puedan ir. Es una forma de estar presentes y de conocer nuestra historia”.