La ausencia de contacto físico durante esta pandemia está afectando a la salud mental de muchas personas. No poder abrazar, acariciar, besar o ni siquiera dar la mano crea inestabilidad emocional y gran incertidumbre entre la población, en especial en las personas que viven solas.

Entre otras muchas cosas, la pandemia nos arrebató el contacto físico, ese toque mágico que nos llena de vida, nos relaja y también nos excita.
Simples hechos como saludar a un familiar y compartir momentos de ocio con amigos o compañeros de trabajo quedaron para otro momento, y esa pérdida de contacto absoluta ha comenzado a deparar consecuencias en nuestra salud mental.
Dar o recibir besos, caricias y abrazos es la manera que tenemos los seres humanos de canalizar sentimientos, afectos, cuidados y seguridad, sobre todo en situaciones de tensión e incertidumbre, y no poder brindarlos está creando una carencia afectiva importante.
Diversos estudios realizados al respecto aseguran que la presión que ejercemos en el cuerpo del otro al abrazar o besar trasciende la muestra de afecto, ya que al hacerlo de inmediato se activan áreas del cerebro donde se libera oxitocina y serotonina.
Mientras se incrementan los niveles de estas hormonas relacionadas con las emociones positivas, paralelamente se reducen los de cortisol, la hormona que nuestro cuerpo produce ante situaciones estresantes, disminuyendo al mismo tiempo nuestro ritmo cardíaco y la presión sanguínea.
En tanto, hasta que todo pase y podamos volver a tocarnos, hay algunas alternativas a las que podemos apelar para intentar reforzar nuestra manera de comunicarnos.
Una es echar mano a las emociones, no solo poniendo el acento en qué decimos y en cómo lo hacemos, sino también en escuchar las quejas, el dolor o la tristeza del otro.
La intención es tratar de transformar la realidad con el poder de las palabras, utilizándolas como si fueran una extensión de las manos y estableciendo pequeños matices en nuestro discurso que puedan marcar una diferencia motivadora.

Estimulos que recreen

En esta época de pandemia se recomienda mantener un distanciamiento social de por lo menos 2 metros. En ese espacio no hay lugar para abrazos, besos o caricias, más allá de que dentro de la “burbuja” familiar la cercanía física esté permitida, siempre que cada miembro por fuera de ella cumpla estrictamente con las recomendaciones.
En este contexto, abuelos, tíos, amigos, padres e hijos están obligados a comunicarse por vía virtual o a través de un vidrio que, después de más de 10 meses, ya se transformó en un muro.
Desde el nacimiento, el ser humano necesita el contacto físico afectivo que le permitirá un estímulo para el desarrollo de todas sus funciones vitales.


El afecto presencial es tan importante como el alimento y si bien Internet nos comunica y las video llamadas nos brindan cercanía, ninguna “comida” satisface si está en una pantalla.


Tanto los médicos como los psicólogos alertan sobre las perturbaciones físicas y emocionales ante esta manera de vivir aislados. Aparecen alteraciones en el sueño y en la alimentación, excitabilidad, aburrimientos, depresión.
La presencia física abre el camino al encuentro y estimula el afecto. Por eso, en este tiempo que exige un esfuerzo de adaptación, hay que permitir que otros estímulos recreen el alma, los afectos y las emociones.

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Modificado por última vez en Jueves, 17 Diciembre 2020 09:03

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