Sabido es que nuestro olor corporal va variando con la edad, producto de la dieta, la higiene, las enfermedades y los cambios hormonales. Precisamente estos últimos son los culpables de que niñas y niños que se acercan a la pubertad, que suele darse entre los 8 y 9 años (generalmente un poco antes en las niñas y un poco después en los varones) huelan algo peor.
En esta etapa de la vida, comienza a crecer el vello púbico y/o axilar, la piel se torna grasienta o se genera un acné leve, especialmente en la frente, y el olor corporal es más fuerte, producto de andrógenos que activan las glándulas sudoríparas apocrinas localizadas en las axilas, las ingles, los genitales, las areolas del pecho, la barba o el cuero cabelludo.
Estas glándulas, estimuladas por estrés, ansiedad o excitación sexual -más que por el calor-, originan un sudor espeso rico en lípidos y proteínas que no huele. Sin embargo, al salir al exterior y ser descompuesto rápidamente por las bacterias de la piel, la mezcla genera un olor corporal muy característico (agrio, amoniacal, amizclado, rancio).
Y, claro, lo normal es sudar en ciertas situaciones. En este contexto, que los preadolescentes padezcan un olor corporal más intenso que cuando eran niños no resulta extraño.
Para intentar contrarrestar este olor desagradable es recomendable reforzar los hábitos de higiene personal como, por ejemplo, ducharse todos los días, sobre todo si se practica deporte. El jabón elimina el sudor, la grasa y, por supuesto, las bacterias que causan el olor. Es importante no olvidarse de las zonas que sudan más (axilas, ingles y pelo) y secarse bien.
También hay que cambiarse de ropa interior a diario y el resto de prendas con frecuencia, y usar ropa de algodón y otros tejidos naturales (como lino o lana) que permiten que la piel transpire mejor. Así se evita la acumulación de humedad en la piel.
Finalmente, no debe dejarse de lado lavar la ropa con frecuencia, ya que el sudor puede acumularse en las fibras de los tejidos.